ERPs, paneles de gestión, integraciones y automatizaciones. Cuando el software estándar te pide adaptar tu negocio a él, suele salir más a cuenta hacer el camino contrario.
El software a medida tiene mala fama, y en parte se la ha ganado: proyectos que se alargan, presupuestos que se doblan y programas que acaban dependiendo de una única persona que ya no está. Casi siempre por el mismo motivo: se empieza a programar antes de entender el proceso que se quiere automatizar.
Por eso lo primero que hacemos no es programar, sino mirar cómo trabajas hoy, con sus hojas de cálculo y sus apaños. Ahí es donde está el conocimiento real del negocio, y también donde se ve qué partes conviene automatizar y cuáles funcionan bien como están y no merece la pena tocar.
Presupuestos, pedidos, albaranes y facturas con tu forma de numerar y tus condiciones, no las de un programa genérico.
El sitio donde tu equipo trabaja cada día, con las pantallas que hacen falta y sin las cincuenta que no.
Que dos programas que ya tienes dejen de hablarse a través de un humano copiando datos.
Para que tus clientes consulten y hagan solos lo que ahora te piden por teléfono.
Tareas que hoy alguien hace a mano todos los días y que un proceso programado hace solo.
Cuando el Excel compartido ya se rompe solo, se pisan cambios o nadie sabe cuál es la versión buena.
Nos sentamos con quien hace el trabajo, no solo con quien lo dirige. De ahí sale un documento con el circuito real: qué entra, qué decisiones se toman, quién las toma y qué sale. Ese documento se aprueba antes de seguir.
Un ERP entero de golpe es la mejor receta para un proyecto que no termina nunca. Se parte en fases que aportan valor por sí solas, y la primera es siempre la que quita más trabajo manual con menos código.
Cada fase se entrega funcionando y con tus datos cargados, no con ejemplos. Se usa, se detectan las cosas que no habíamos previsto (siempre las hay) y se corrigen antes de construir encima.
Al terminar tienes el código fuente, la base de datos documentada y las instrucciones de despliegue. Que sigas con nosotros tiene que ser una decisión tuya cada año, no una consecuencia de no poder irte.
No hay cifra que valga sin conocer el proceso: el mismo módulo de facturación puede ser una semana o dos meses según cuántos casos particulares tenga tu negocio. Lo que sí hacemos es dar un presupuesto cerrado por fases, para que puedas parar al terminar cualquiera de ellas y quedarte con lo que ya funciona.
Pasa a menudo y no es un problema si se habla. Un cambio dentro del alcance se hace; uno que se sale se valora aparte, se dice cuánto añade en tiempo y dinero, y decides tú. Lo que no hacemos es aceptarlo en silencio y sacarlo en la factura del final.
Sí. Se entrega el código fuente y la documentación al terminar. Puedes llevártelo a otro proveedor si algún día te interesa: es tu inversión, no nuestra garantía de permanencia.
Depende de si ese programa tiene forma de dejarse conectar: una API, exportaciones automáticas o acceso a su base de datos. Si la tiene, sí. Si es un programa cerrado que solo deja sacar informes en PDF, se puede hacer poco y es mejor saberlo antes de presupuestar.
Un programa que se usa a diario siempre tiene ajustes, cambios normativos y funciones nuevas. Se puede contratar una bolsa de horas para eso, pero no es obligatorio: si un año no lo necesitas, no lo pagas.
Da igual si es una web nueva, un programa a medida o rescatar un WordPress abandonado: escríbenos y te decimos cómo lo haríamos y cuánto cuesta. Sin compromiso.
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